Estoy en un pasillo. La distancia entre las paredes que me rodean cada vez es más angosta. Siento que me ahogo aunque todavía me quedan unos centímetros para respirar.
Mis palabras sólo encuentran silencio; salen de mi boca vacías, sin cuerpo, y se pierden uniéndose a las demás partículas que componen el aire. Aire que pronto dejaré de sentir. Aire que no me basta para saciar mis penas. Es que cuando se ha perdido la palabra, entonces ya no queda nada.¿De qué vale sufrir por algo que no se puede gritar?
Y sin embargo, aunque no hay luz en el pasillo, todavía espero aquí sentada que las paredes se abran y recuperen su inocencia infantil, aunque en parte eso implique vulnerabilidad pero lo cierto es que cuando todo está perdido, cualquier estado es mejor que el estar desprovisto de uno.
Flor Ricardes
26-oct-2010
